Tiene razón Mazantini: el triángulo es un instrumento de época, historicista y oxidado.

En cuanto a la realización, estoy con Magerit, demasiado inquieta, no hay un plano fijo en todo el concierto, la cámara si se está quieta es para abusar del zoom.
Lo mejor, también para mí, el intermedio, aunque es un anuncio de agencia de viajes de lo más agresivo, la selección y las versiones musicales, son una maravilla.
En cuanto al concierto en sí, me vais a perdonar, pero no soporto las marchas, incluida la Radetzky, que convierten a toda una WPO en una banda municipal. En vez del Musikverein, parecemos estar en las olimpiadas escuchando himnos nacionales pomposos y con un percusionista más que director, Janson, que enseña los dientes como un conejo astuto, mientras apenas dirige unas melodías tan tontas y previsibles que dan risa en vez de la alegría que él pretende transmitir.
Sin embargo, debo reconocer que disfruté en muchos momentos. No soy ningún aficionado a este concierto, pero el Danubio Azul, aun con coreografía pastelera, es para escucharlo y verlo varias veces; no es un vals cualquiera, sino toda una maravillosa obra maestra.
También me sorprendió ese gran inicio de la segunda parte, con la Danza Diabólica del para mí desconocido, Hellmesberger. Otros gratos descubrimientos fueron el divertido Strauss danés y el elegantísimo vals el de Ziehrer, Wiener Bürger. Me gustó mucho también el vals delirante de Josef Strauss.
Y, cómo no, Chaikovsky, que gran idea haberlo incluido.
