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 Asunto: Re: Grandes Historias de la Música -anecdotario humano-
Nuevo mensajePublicado: 02-12-13 4:07 
Director de Orquesta

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Me sucedió hace algunas tardes.
El viento era flama de hielo, azul como el cielo último del crepúsculo. Me apresuraba en mi andar con la urgencia de guarecerme en el café de siempre y arrellanarme en una de sus sillas, duras y secas como de casa de soltero pobre. A dos cuadras para llegar al café, me encontré con él. Una cuadra antes del encuentro, de pronto, como surgida del Hades, me llegaron las notas de la Muerte y la Doncella (F. Schubert), y comencé a tararearla por lo bajo. Mas sólo me percaté de la cantilena cuando vi al tío aquel, con las manos bajo los sobacos, parado junto a un altavoz de hace al menos veinte años. De hecho, él fue quien descubrió que yo masticaba la línea del violín primwero; eso lo hizo sonreirme. No pude evitar acercarme. Junto al altavoz, ahí sobre la acera, había una tela y sobre ella -alineados perfectamente- una enorme cantidad de obras maeastras en discos compactos (quince hileras de diez discos). Naturalmente, fui atraido. -"Aproveche amigo, si lleva varios mejoro el precio".
Sus palabras me arrancaron de los discos y me hicieron mirarle. La expresión de su rostro y de su cuerpo al encender elcigarrillo, para luego inhalar una bocanada profunda, anhelante, me reveló la verdad:
¡Un melómano diciendo adiós a su amado tesoro!
-"Mire, hombre, también tengo integrales en esta valija, ¿quiere ver?"
Negué con la cabeza, y sentí un nudo en el gaznate. Luego, comencé el movimiento para girar y partir de ahí.
-"Uno se enamora tanto de la Música, que de verdad piensa que son un tesoro".
Regresé mi mirada a los discos; minutos después elegí dos. Fue tan difícil pagar.Nunca había visto a alguien sentir estrujarse su interior al recibir dinero.
Giré súbito y abandoné el sitio.
Han pasado los días. No me atrevo a ponerme los cascos y escuchar las grabaciones.

Toda colección de Música es para enterrarse con su amo.

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"Contrario a lo que el diletante piensa, la Música no es un trance extático, sino un éxtasis de lógica".
ALBAN BERG


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 Asunto: Re: Grandes Historias de la Música -anecdotario humano-
Nuevo mensajePublicado: 25-01-14 4:10 
Director de Orquesta

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Hace unos minutos, leyendo el correo electrónico, me encontré con un texto que me hizo favor de compartirme un gran amigo y colega.
Se trata de una nota publicada en suplemento cultural de la ciudad de México. Es la última nota que escribe el autor para su periódico. Algo que considero una lástima, pues por lo que sé es de los últimos cronistas y críticos musicales serios de aquellas latitudes.
Comparto, pues, el texto de marras.

Unas cuantas líneas para evocar a un padre muerto.
Eusebio Ruvalcaba.


1.- El violinista Higinio Ruvalcaba nació en Yahualica, Jalisco, el 11 de enero de 1905, y murió en la ciudad de México el 15 de enero de 1976.

2.- Era bueno para la bicicleta. Y para el deporte en general. Sobre todo para la gimnasia de aparatos fijos. Era bueno. Él. Mi Padre. Se paraba a las cinco de la mañana a hacer ejercicio, y me paraba a mí para que hiciera lo mismo. Cosa que jamás pude.

3.- Nunca lo oí estudiar. A él. Solo. Cuando iba a tocar con mi madre o con el Cuarteto Lener, ensayaba con el resto de los músicos. Esto lo he contado y la gente se niega a creerme. ¿Cómo es posible que no estudiara ante la proximidad de un concierto?

4.- Manejar en carretera era su delirio. De ahí su debilidad por los autos nuevos y de corte deportivo. Si un empeño tenía era romper su propio récord en aquellas carreteras maltrechas e inseguras. México-Guadalajara, México-Xalapa, México-Oaxaca, México-Mérida.

5.- Imposible recordar cuántas veces llegó ebrio. Entonces iba a mi cama, me despertaba y ordenaba que lo acompañara hasta la sala. Mueve los muebles, decía, y yo lo obedecía. Dejábamos la sala despejada. Sacaba una pelota de frontón y jugábamos hasta que hacia su aparición mi madre, a estas alturas perfectamente enfurecida. Yo tenía siete años. Él, 53.

6.- Cuando daba un concierto y el público le aplaudía a rabiar, yo corría desde mi lugar en la platea, me subía al escenario y me trepaba en sus hombros. Él, con el violín en las manos, daba las gracias. Una y otra vez se inclinaba. Yo me concretaba a agarrar bien duro mi sombrero de charro. Que por ninguna circunstancia se me fuera a caer. Desde allá arriba, las manos aplaudiendo semejaban una película de animación.

7.- A una cuadra vivía su amante, la violinista Celia Treviño. En la avenida Mazatlán. De pronto me ordenaba: “Acompáñame a la casa de Celia”. Yo iba tras él, cargándole el violín. Llegábamos. Tocaba el timbre. Celia le abría. “¿Qué estás estudiando?”, le preguntaba. “Tchaikovsky”, respondía aquella atractiva mujer. Entonces mi padre se sentaba al piano y tocaba la reducción orquestal. Celia se aplicaba al violín y mi padre le corregía sus errores. Terminaban de ensayar y me ordenaba que me largara a jugar.

8.- No toco para borrachos, decía cuando alguien se atrevía a sugerirle que tocara en alguna reunión. Pasaba con frecuencia. Porque era común que se le invitara. Conforme el tiempo transcurrió, fue aceptando menos aquellas invitaciones revestidas de alcohol. Pero su popularidad aumentaba. Iban por él a casa, y luego lo dejaban de regreso. Prácticamente había dejado de beber. Su mirada solía detenerse en el trasero de alguna mujer. Hermosa o no. Pero que le gustara. Entonces decía ya me quiero ir. Y lo regresaban. Pero no les daba el gusto de que lo oyeran.

9.- Al día siguiente de que ofrecía un concierto, yo brincaba en su cama. Con todos mis pulmones, chiflaba la melodía del concierto que había tocado. Él soltaba la carcajada. Se ponía de pie, le decía a mi madre ahorita vengo y él y yo emprendíamos el camino hasta el piano. entonces tocaba aquel concierto para que yo sintiera en carne propia la belleza de la melodía.

10) Nunca fue a la escuela. Careció de la educación burguesa. Cuando llegaba con hambre, abría el refrigerador, sacaba un bistec crudo y lo devoraba de un bocado. Mi Padre.

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 Asunto: Re: Grandes Historias de la Música -anecdotario humano-
Nuevo mensajePublicado: 25-03-14 5:29 
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Hace algunos días, en concluída la junta con el obispo, el Párroco Pacorro tuvo a bien compartirnos algunas de sus vivencias durante su larga estancia en Alemania. Entre ellas una visita a la casa de Beethoven, en Bonn, donde un guía además de hablar del Genio tocaba al piano algunos fragmentos populares. Disponiéndose (el guía) a ejecutar el primero de los movimientos de la sonata op. 27 nr. 2, contó que esa obra la compuso don Ludwig para ilustrarle a una ciega de nacimiento (invidente, en términos políticamente correctos) lo que era un claro de luna. Aunque por lo bajo, no pude contener una exclamación "Mal rayo parta a von Bülow y su manía poética". El obispo me miró más sorprendido por la expresión poco cristiana que por otro asunto.
Poco a poco nos diluimos en corpúsculos. Con mi círculo íntimo compartimos un buen "consagration wine", y me puse perorático acerca de los sobrenombres a las sonatas de Beethoven por parte de Von Bülow y que si Ludwig compuso la sonata 14 en Viena para la señorita condesa Giulietta Guicciardi, que si Hans no había nacido, etc.
Entonces Sir Isaac, el matemago, me interrumpió:

-Pues ya entrados en invenciones, que no en sonatas, pues inventemos. Von Bülow llegó una noche a casa de Beethoven, llevando de la mano a la ciega. Hechas las presentaciones, dejó a la chica quien se puso a hablar, gemir y sollozar con grandes ademanes. Beethoven no oye palabra alguna. Finalmente la mujer se despide del Maestro. "Joder, sepa Dios qué quería la tipa esa. Otra charla inútil. Qué bueno que ya se fue. Tengo una idea excelente: un adagio arpegiado en do sostenido menor..."

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 Asunto: Re: Grandes Historias de la Música -anecdotario humano-
Nuevo mensajePublicado: 20-12-14 5:21 
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Estoy en camino. Van sobre baldosas húmedas mis pasos presurosos. Una vez más me olvidé el paraguas.
Reviso la cartera de cuero que traigo en bandolera, suelo olvidar también cerrarla; con esta lluvia pertinaz y fría seguro se me jode la música.
La tardenoche me parece inspiradora, será un buen instante. Me ajusto el sombrero y acelero mi andar.
Empujo el batiente derecho del pesado portón con remaches de hierro gastado. Cruzo la penumbra de los arcos, el patio y su fuente. Me palpo el bolsillo, lo sabía me olvidé algo: el diapasón de golpe. El viento trae los ecos de la segunda llamada a misa de siete. Llego quince minutos tarde. Otra vez.
Entro donde me aguardas, sentada en un rincón y cantando sobre tus partituras. Pido perdón, me besas, alejas tu rostro, acaricias mi mejilla y me sonríes con esa mirada de "Tengo que tener misericordia de ti, pobre discapacitado de la mente". Giras, tomas tu coqueto bolso, lo abres, extraes algo y lo pones en mi palma: un diapasón de golpe. "Seguro que dejaste el tuyo". Estiras hacia arriba tus brazos para que incline mi cabeza y la estrujes con cariño. "Ratoncito cabezón, ratoncito cabezón, estás mojado". Me sueltas, saco la llave y afino el clave. Vocalizas. Pasas cada aria de lo que cantarás mañana; predomina Haendel. Cada partitura que cantas te admiro más. Llegamos a How beautiful. Interrumpes la introducción con un beso, para agradecerme que haya transportado para ti un tono y medio abajo éste pastoral vocal del "Messiah" (palabrota que a tus oídos nunca afino bien): "Seguro andaba Georgy metido con una de esas piggies. El aria está pensada para mezzo escultural, como yo, no para desparramadas con voz de chirimía". Acaricias mi nuca: "Pero... ¿vas a dejar que la cante como yo quiera? Anda, di que sí. Mira que en todas obedezco fielmente a tu oído y tu criterio... ¿sí?". Qué otra cosa puedo decir. Te plantas en tu sitio, retomo la introducción. Levantas los brazos y acomodas tus cabellos que me recuerdan los sembradíos de avena. Como hacen las hembras que envían su coquetería. ¡Cómo te llenas la boca con lo que abunda en tu pecho, en tu cabeza, en tu útero!
Llegamos a Cara sposa. Tengo miedo. Ya te veo tensa. Comienzas a cantar, comienzo a corregir. El horno no está para bollos, mas soy celoso de la música y ahí voy -con inocencia y tosudez- a poner compás y escuadra a tu voz. Resuena en la cámara el rayo de una bofetada.
Marchas a un rincón y te sientas. Guardo silencio. Después de un rato: "Anda, toca algo. Lo que sea, ¿sí?" Toco la fantasía en re mayor de Telemann. En el largo, te oigo sollozar. Concluyo el allegro da capo. Sonríes con ojos húmedos: "Estuvo muy bonito". Sorbes la nariz y tornas a tu sitio de ejecución. "¿Sabes por qué pasa ésto? Porque esto no lo canto yo, lo cantas tú a través de mí, ¿sabes? Así debe ser, porque ésto es lo que toda mujer sueña escuchar. Es como un doctorado que recibes de boca del hombre que más te importa. Sí. Por eso debo cantarla con rigor, por eso debo ser tu instrumento". Retomamos este contrapunto, cromático en todas su voces. Me llamas, estoy en ti. Haces tuya cada una de las líneas de la partitura. Concluye, regresas a ti y miras las lágrimas de mis ojos: "Tontorrón".
Tomas mi mano, subimos por la escala de piedra. Salimos a una torre con almenas gibelinas. Por la tronera miramos amanecer sobre una llanura onírica. A lo lejos, entre brumas, se mira una torre como la nuestra.
"En esta distancia, muchas noches he escuchado que me llaman, ¿eres tú?" Te digo que siempre musito tu nombre...

Despierto. Por la ventana adivino la cercanía de Eos. No estás conmigo, ni yo estoy en mi cama (cosa que fastidia a mi jodida espalda). Dormí con la nariz sobre el papel pautado. Debo llevar una polifonía para la escoleta. A primera hora. Por mí hacía un motete con texto de las Lamentatio de Jeremías. Es el tono de mi alma al despertar después de soñarte. Mas a qué compartir mi copa de negrura. Echemos un buche del Tajo y hagamos un madrigalito a tres en sexto modo en sol, con la letrilla :Jam hiens transitis imber habit et recessit: surge amica mea, et venit. (Cantar de Cantares)

¡Feliz cumpleaños, Eyrídiké!

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 Asunto: Re: Grandes Historias de la Música -anecdotario humano-
Nuevo mensajePublicado: 06-04-15 4:24 
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Ahora, un texto extraido de un libro cuyo autor declara cuaderno de anécdotas.

"La canción era triste, ciertamente. Jugué con la flauta del mismo modo que un niño juega con un palo o con una navaja, incluso como un náufrago lo hace con la tabla a la que se aferra o de idéntico modo a como un creyente lo pueda hacer a su más espeluznante dogma; y, mientras lo hacía, hablamos, tú y yo, de canciones que jamás había escuchado.
Tanto lo hicimos que, en un momento dado, dado y acaso inoportuno, me encontré cantando con esa voz grave de la cual, al menos en algunas ocasiones, me avergüenzo. Tú me besaste la barba y, con insospechada dulzura, acercando tu boca a la mía, comenzaste a cantar. Fue la primera y por ahora la única ocasión en mi vida en la que pude escuchar mi voz resonando a dúo, sincrónica y hermosamente imbricada en otra tan llena de dulzura como la tuya.
Todavía conservo la sensación, perdido ya el eco de nuestras voces consonante y, al menos entonces así lo creí, enamoradas".


MÚSICA SACRA.

Alfredo Conde.

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 Asunto: Re: Grandes Historias de la Música -anecdotario humano-
Nuevo mensajePublicado: 27-11-15 4:57 
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Una noche, después de un concierto de cámara memorable (sí, porque reventó la cuerda de un sol# en el clave que yo tañía), que incluyó el concierto en Dm para oboe de Marcello, salimos al frío de la noche. El oboísta, quien ya había estado en la ciudad, nos guió a un café muy agradable por estar casi vacío. Ya en la sobremesa, entre tizanas, espressos y algún licor de almendras, acabamos hablando de cómo cada uno se había convertido en músico. De todas las historias ahí narradas una sola sobrevive en mi recuerdo: la de nuestro guía noctámbulo.

“Mi padre era bajo en un coro reputadísimo. Sábados y domingos, por no haber escuela, le acompañaba en sus presentaciones que la mayoría se daban en iglesias. A veces él también cantaba (solo o en conjunto) en funerales. Mi progenitor había intentado heredarme el amor por el oficio músico, sobretodo el canto. No lo consiguió. Reconozco, sin embargo, que me gustaba mucho escuchar las interpretaciones del coro y los conjuntos instrumentales; también disfrutaba del trato elegante y el aroma a tintorería de los músicos y cantores. Cuando alguien olvidaba el moño, sabía que podía contar con “los de la beneficencia”, mismos que mi padre hacía emerger de sus bolsillos.
Los cuatro domingos de adviento se daba concierto en una iglesia gótica. Cada fecha se interpretaba un programa distinto. Era el domingo primero de aquel año; se sentía la tensión en el ambiente de la sacristía. De pronto, la tensión aumentó. Vi crisparse el rostro del director concertador. Me acerqué a mi padre, quien me dijo había llegado la noticia, en labios de una fámula, que el oboísta no podía llegar: había enfermado severamente. ¡Una cantata bwv 170 sin oboe d´amore! El director administrativo salió corriendo para buscar un remplazo. Los músicos barajaron algunos nombres. Algunos nombres y un mote: el Embalsamador.
Ya habían pasado casi diez minutos de la hora de comienzo. El director indicó que instrumentistas y cantores fueran entrando, lentamente, al escenario. A la hora con doce se abrió la puerta de la sacristía, y provenientes del claustro entraron el administrativo y un hombre de unos sesenta años. Cabello blanco, lacio y ralo. Rasurado, de buena estatura y pies enormes. Venía con las mangas de la camisa blanca arrolladas. Chaleco guinda con rombos, pantalones color café. En el antebrazo izquierdo una chaquetilla que alguna vez fuera negra, ya diluida en matices gris-pardo. La mano derecha tenía cogido el clásico estuche de un instrumento. Con una amplia sonrisa y una sutil caravana, el director concertador estrechó la mano del recién llegado. Incluso sostuvo el estuche para que el oboe suplente se abotonara las mangas, se montara la chaquetilla y, en un santiamén, integrara el instrumento. Después, con calma entró el oboísta al escenario. Reconozco que me molestó sobremanera que el maestro director tuviera tantas atenciones con ese viejo; y, especialmente, que desentonara con la elegancia de los demás músicos. Aproveché para correr y colarme a la nave por una puerta lateral.
El concierto avanzó. Desde su participación en el tutti se notó la calidad del oboe sustituto. No porque sobresaliera, sino porque hacía sonar mejor a la orquesta aquella; muy buena de suyo. Mas cuando llegó a los solos, todos los presentes sentimos la excepcional musicalidad que emanaba de ese instrumento. El instrumentista hacía fluir su línea con una precisión… metafísica. Pensé que él sí podría hacer danzar sogas y serpientes. Concluyó el concierto. Todos los músicos estrechaban la mano del oboísta. Pasamos al refectorio para un brindis íntimo. Curiosamente después de la efusividad, los músicos y cantores dejaban solo al maestro del oboe. No pude quitarle la mirada de encima, él lo sintió y con un gesto discreto me indicó que me acercara.
-Tú, ¿quién eres, chaval?
Haciendo caso omiso a su pregunta, solté: -Toca usted muy bien, debe ser muy famoso.
Sonrió con calidez verdadera. –Gracias por decirlo. Qué bien que te ha gustado. Y si no soy famoso, es porque no soy músico.
-¿Cómo que no es músico? Acaba de dar un gran concierto.
-Hijo, mi oficio y mi vida son otra cosa. Soy embalsamador.
Después de unos instantes de reflexión dije: -No sé qué es eso. Y si no es músico, ¿cómo toca tan bien?
-Ahora que lo preguntas, pienso que si gusta al público es consecuencia de mi oficio. Mi trabajo es preparar los cadáveres para las honras fúnebres.
Contra mi voluntad, sentí mis ojos abrirse como platos. -¿Qué tiene que ver el oboe con los cadáveres?
-Oh, para mí sí. Mucho. Debo inyectar substancias para preservar los cuerpos. Muchas veces los cadáveres se resisten. Vamos, se niegan a ser manipulados. En esos casos el médico que me enseñó a embalsamar, hace casi cuarenta años, solía hablarles y hasta canturrearles. Yo lo probé, pero tristemente carezco de la oratoria musical de ese doctor. Un día, desesperado –porque has de saber que en esto de los cuerpos el tiempo es importantísimo, como en la música-, miré hacia uno de los gabinetes. En el resquicio de abajo estaba el estaba el estuche de un oboe. Recién lo había llevado conmigo, pues estaba casi olvidado en casa de un pariente. Muy joven, casi niño, comencé a estudiarlo; pasados algunos años, mi maestro dijo que mi talento era poco. Así fue como lo abandoné. Bueno, regresando a mi desespero, abrí el estuche, ensamblé el instrumento y me puse a tocar. Nada claro: algún ejercicio, algún fragmento de tal o cual obra… Finalmente a mis dedos y a mi mente –en ese orden- llegaron los sonidos del dueto para soprano y orquesta “Domine Deus, Rex coelestis”, sexto número del entonces recién descubierto y reconstruido “Gloria“de Vivaldi. Concentrado en la música, dejé de observar el cadáver. Habiendo concluido de tocar, pude apreciar el relajamiento del difunto-.
La ejecución del Embalsamador y luego el diálogo con él, me movieron a pedir un oboe. Mi padre hizo un esfuerzo y me lo consiguió. Por supuesto comencé a estudiar con el Embalsamador. Claro, las clases las tomaba en su casa no en la funeraria. Luego ingresé a la escuela superior, donde concluí. Ya siendo profesional, aquél hombre generoso falleció. Sobra decir que toqué mientras mi maestro yacía en la plancha, esperando ser embalsamado”.













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