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 Asunto: Shostakovich y Poulenc, en Oxford. Por Isaiah Berlin.
Nuevo mensajePublicado: 30-11-15 4:41 
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Amigos eliteros, comparto por entregas una carta escrita por Berlin donde narra de primera mano la visita del compositor soviético a Inglaterra.

28 de junio de 1958.
QueridoRowland.
(…) Poulenc y Shostakovich fueron y vinieron. Dios mío, fue todo un tema. Primero hubomucho alboroto porque elcónsul británico organizó una elaborada recepción musical para Shostakovich el lunes por la noche (lo recibiríamos el martes, y el miércoles obtendría su título honorario con Macmillan y Gaitskell), y la Embajada Soviética, que al parecer está involucrada en algún tipo de disputa con el cónsul, poco más o menos le prohibió asistir. El resultado fue que el evento se llevó a cabo sin él: mucha mala sangre, indignación general, telegramas, enojo, lágrimas. Finalmente, Shostakovich llegó el martes, y fue estupendo.
Al principio arribó a nuestra sala un joven oficial soviético, recio, enhiesto y bien parecido, que dijo: “Quiero presentarme: mi nombre es Loginov. El compositor D. D. Shostakovich se encuentra afuera, en el coche. Se nos dijo que lo esperarían a las 4:00. Son las 3:00. ¡Desean que permanezca en el coche?” Le explicamos que lo esperábamos a las 3:00, y que sería perfectamente adecuado que entrara inmediatamente. A continuación, el coche ingresó de manera ceremoniosa; otro oficial soviético saltó de su interior y por fin apareció el compositor, tímido, pequeño, semejante a un químico canadiense (de los estados occidentales), terriblemente nervioso, con un tic crispando su rostro de forma constante –en mi9 vida había visto a alguien tan atemorizado y abatido-. Presentó a los oficiales como “mis amigos, grandes amigos”, pero después de estar un rato con nosotros, y una vez que los uniformados se quitaron de en medio, no volvió a aludir a ellos de ese modo, sino como “los diplomáticos”. Cada vez que lo mencionaba, una curiosa expresión de angustia asomaba a su rostro, similar a la expresión que en ocasiones surge en el rostro de Aline.
…………
Sea como fuere, el problema era lograr que Shostakovich se quedara a comer y acudiera a la velada musical ofrecida a él y a Poulenc en casa de los Trevor-Roper; el problema era librarnos de los oficiales soviéticos, que enfriarían el acontecimiento de manera atroz. Al final, les anuncié que la universidad obedecía un estricto conjunto de reglas; de acuerdo con las normas, en media hora se presentaría un oficial de la institución y los llevaría a almorzar al New College, tras lo cual podrían ver una obra. Entretanto, Shostakovich se abocaría a un plan de actividades totalmente distinto. Se lo tomaron con calma –después de mirarse uno a otro para asegurarse que todo estuviera en orden- e inclinaron la cabeza con sumisión. El oficial de la universidad llegó en el momento oportuno, un pobre tipo del New College fue sobornado para hacerse cargo de los diplomáticos y Shostakovich de nos unió.


CONTINUARÁ...

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 Asunto: Re: Shostakovich y Poulenc, en Oxford. Por Isaiah Berlin.
Nuevo mensajePublicado: 15-12-15 2:24 
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Su talante se iluminó. Pero a lo largo de la visita lo percibimos como a un hombre que había pasado la mayor parte de su vida en algún sitio obscuro y aciago, bajo la supervisión de carceleros, y siempre que se hacía la menor referencia a acontecimientos contemporáneos, su rostro se contraía en un espasmo doloroso y asumía una expresión de tormento, el gesto de alguien que se siente perseguido. En esos momentos, Shostakovich, aterrorizado, se sumía en el silencio. Era triste y desolador; uno podía experimentar simpatía y conmiseración. Pronto se dejaron ver los demás invitados: Poulenc, Cécil (baronesa de Rothschild), Jimmy Smith, los Trevor-Roper, etc. Poulenc fue encantador con Shostakovich; el compositor soviético se serenó visiblemente bajo su benigna influencia. Cenamos y posteriormente nos dirigimos a la sala de los Trevor-Roper. Shostakovich se sentó de inmediato en el rincón más cercano, contraído como un erizo, sonriendo con languidez ante alguna humorada mía particularmente audaz. Un cellista de Ceylán (Frank Rohan de Saram), joven y bien parecido, ejecutó la sonata para cello. Shostakovich escuchó con calma, me dijo que el cellista le parecía bueno y el pianista muy malo –lo cual era totalmente cierto-, e inquirió al cellista, afirmando que había tocado dos pasajes de modo erróneo.
El cellista se ruborizó, exhibió la partitura y Shostakovich observó que el muchacho la había interpretado correctamente. No podía explicárselo. De pronto advirtió que la pieza había sido editada por Piatigorsky, quien la alteró de modo arbitrario, a su gusto. En ese instante se lo vio casi iracundo: tomó un lápiz, tachó con violencia las adulteraciones de Piatigorsky y restableció la versión original. Tras el exabrupto, su ceño se distendió. Regresó a su pequeño rincón.acto seguido, Margaret Ritchie (soprano) entonó canciones de Poulenc. Lo hizo de un modo absurdo, al ridículo estilo victoriano. Shostakovich se retorció un poco, pero Poulenc, muy cortés y mundano, la felicitó, mientras hacía muecas a espaldas de ella. Se tocó un movimiento de la sonta para cello de Poulenc, con el objetivo de apaciguarlo, y después hubo un silencio. Le dije a Shostakovich que todos se sentirían encantados si él interpretaba algo. Sin más preámbulos se dirigió al piano y ejecutó un preludio y fuga –uno de los 24 que ideó, como Bach- con tanta magnificencia, de manera tan profunda e impetuosa –la obra es en sí misma fascinante, rigurosa, original y memorable-, que el trabajo de Poulenc se esfumó por un ventanal y no pudo ser capturado otra vez. Pese a ello, el compositor francés tocó un fragmento de Les Biches y alguna otra cosa, pero ya nadie podía escuchar su música: la decadencia del mundo occidental era, ¡ay!, demasiado notoria. Mientras Shostakovich interpretó su obra, su semblante se modificó por completo: la timidez y el miedo dieron paso a un aire de intensidad formidable.; la inspiración se hizo presente sin lugar a dudas. Imagino que así era el aspecto que ofrecían los compositores del siglo XIX cuando tocaban: un porte que no creo se haya visto mucho en el mundo occidental a lo largo del XX

CONTINUARÁ...

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 Asunto: Re: Shostakovich y Poulenc, en Oxford. Por Isaiah Berlin.
Nuevo mensajePublicado: 29-12-15 4:33 
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Hago una pausa para suplicar a los Administradores hagan el favor de pasar el hilo presente a Tertulia de la Música, que es donde mi intención primera.

Gracias y disculpen la molestia.

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 Asunto: Re: Shostakovich y Poulenc, en Oxford. Por Isaiah Berlin.
Nuevo mensajePublicado: 29-12-15 9:26 
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Orpheo escribió:
Hago una pausa para suplicar a los Administradores hagan el favor de pasar el hilo presente a Tertulia de la Música, que es donde mi intención primera.

Gracias y disculpen la molestia.


¡Hecho! :beerchug:

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 Asunto: Re: Shostakovich y Poulenc, en Oxford. Por Isaiah Berlin.
Nuevo mensajePublicado: 29-12-15 22:28 
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Pues podía haberse quedado en Tertulia de Ópera, aparece una cantante ¿no? Esperamos con intriga el resto.

Saludos.

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 Asunto: Re: Shostakovich y Poulenc, en Oxford. Por Isaiah Berlin.
Nuevo mensajePublicado: 31-12-15 3:49 
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Syncmaster escribió:
Orpheo escribió:
Hago una pausa para suplicar a los Administradores hagan el favor de pasar el hilo presente a Tertulia de la Música, que es donde mi intención primera.

Gracias y disculpen la molestia.


¡Hecho! :beerchug:

¡Mil

:gracias: ,
Sync!
Francisco José Lamas Noya escribió:
Pues podía haberse quedado en Tertulia de Ópera, aparece una cantante ¿no? Esperamos con intriga el resto.

Saludos.

Sí aparece, pero era mala.

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 Asunto: Re: Shostakovich y Poulenc, en Oxford. Por Isaiah Berlin.
Nuevo mensajePublicado: 31-12-15 4:02 
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Cuando Shostakovich cesó su ejecución, varias personas deseaban aproximarse a él. Le enseñó al primer violín de la Orquesta Philarmonia a tocar el segundo y el tercer movimientos de su concerto, le contó a Desmond Shawe-Taylor (el crítico musical más importante del Sunday Times) de sus planes futuros, dio autógrafos, comió y bebió. Pese a que la concurrencia seguía prestándole atención, Poulenc se sintió relegado, un poco como Cocteau en presencia de Picasso. Los asistentes sospechaban que se trataba de un acontecimiento extraordinario, único y sobrecogedor, y si bien Shostakovich no hablaba inglés, todos excepto los más insensibles e ignorantes (por ejemplo el señor Hodson, editor del Sunday Times, a quien los Roper invitaron de modo superfluo) se sintieron conmovidos, y posteriormente los expresaron de diversas formas. Fue todo un suceso, toda una experiencia.
Más tarde, en casa, Shostakovich conversó un poco: se lamentó que no hubiese un piano, disertó sobre sus gustos musicales y se fue a la cama casi dichoso, creo. Entretanto, sus dos guardianes fueron a una fiesta de estudiantes del New College y al baile del Exeter College. Lo pasaron fenomenal, intercambiaron insultos y bromas con estudiantes y profesores y se divirtieron. Resultaron ser muy simpáticos –tendrán las manos manchadas con sangre húngara, pero personalmente eran campesinos ingenuos y torpes; ante la orden de un superior no habrían tenido el menor reparo en dispararle a alguien, pero al mismo tiempo poseían cierto encanto.
Al día siguiente, Shostakovich volvió a exhibir su tic nervioso. Experimentó el horror de la ceremonia de entrega del título. Se sintió intimidado por las personas que hablaban ruso en el almuerzo que se llevó al cabo en All Souls. Se guarecía en mí, que después de todo era un representante de la universidad acreditado por la Embajada Soviética. La gente le hacía preguntas intolerables, como: “¿Qué ocurrió con su segunda, tercera y cuarta sinfonías?” -espléndidas obras censuradas por el régimen-. Respondía, sin convicción: “No tuvieron mucho éxito”, lo cual era cierto, pero el diálogo lo hacía sufrir. Hubo un incidente absurdo: Lord Beveridge, de 84 años, intentó obsequiarle un ramo de flores –demasiado grande para un ojal, muy pequeño para un bouquet decoroso-, a pedido de un tonto compositor galés, y no tuvo mejor idea que hacerlo en medio de la comida. El pobre Shostakovich se puso de pie y farfulló algo; Beveridge, fuera de sí, también balbució, y fueron conducidos a otro sitio con dificultad. Naturalmente, varios bielorrusos trataron de charlar con el compositor y él se las ingenió para huir, con enorme esfuerzo y congoja. Finalmente lo llevamos a casa, le procuramos una corbata blanca y lo enviamos a cenar a Christ Church junto al resto de los galardonados con títulos honorarios, como el primer ministro Gaitskell, etcétera. A su regreso estaba más muerto que vivo, pero al día siguiente se levantó temprano, nos mostrá partituras de tres obras, convenientemente anotadas, e incluso nos habló un poco de su esposa y sus hijos.
Sus guardianes se presentarían a las diez de la mañana, pero llegaron tarde. Entró en un estremecedor estado de pánico, me hizo llamar tres veces al Hotel Mitre, comenzó a estrujarse las manos y se preguntó qué pasarías si arribaba a la Embajada a destiempo, cómo explicaría la tardanza, si sus guardianes lo habrían abandonado o alguien habría ideado algún equívoco para incriminarlo. Un estado de neurosis escalofriante. Sin embargo, pronto aparecieron los oficiales. La demora se debía a que habían estado en Blackwells, comprando guías de Oxfordshire. Se llevaron a Shostakovich con ellos. Fui invitado a comer con él al día siguiente, en la Embajada Soviética, pero decliné. El compositor me conocía ya lo suficiente como para saber que entendía de sobra su situación, y que era mejor para él alternar con los músicos británicos y demás figuras que le presentarían en Londres, al través de sus intérpretes, sin sentirse cohibido por la presencia de alguien que advertía sus reacciones demasiado bien. Así que por delicadeza rechacé la invitación -estarás de acuerdo conmigo en que fue lo más apropiado-, y de ese modo concluyó el encuentro.
Su visita me ha hecho indagar lo que supone vivir en un siglo XIX artificial –así vive Shostakovich- y el perturbador efecto que eso tiene en el genio creativo. Restringe la creatividad, y simultáneamente la vuelve más honda.
Debo despedirme para ir a almorzar con Peter y sus compañeros del colegio, reunidos alrededor de la mesa. No obstante, el rostro de Shostakovich me acompañará por siempre. Es espeluznante ver a un hombre talentoso victimizado por un régimen, forzado a aceptar su destino como algo normal, temeros de abismarse en otro tipo de vida, sin capacidad de indignación, resistencia y disconformidad –es como si hubiese sido extirpada, del mismo modo en que a una abeja le arrancan el aguijón-, persuadido de que la desdicha es la felicidad y la tortura, parte de una vida ordinaria.

Tuyo por siempre, con mucho afecto
ISAIAH.



Ésta carta viene incluida en el libro ENLIGHTENING: LETTERS 1946-1960, publicado por Random House en el centenario del natalicio del pensador (2009).

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